A Manuel Núñez: In memoriam

Queridos amigos y amigas,

Déjenme adivinar: tengo toda su atención. Me lo imaginé. Y no saben lo que me ha costado. Haberme ido en contra de ídolos del bando liberal como Junot Díaz y Edwige Danticat no es paja de coco. No se imaginan la cantidad de amistades que ya no tengo y de lectores que he perdido. De hecho, el extremo liberal no es muy diferente del extremo conservador, a juzgar por los insultos, amenazas de muerte, y apasionados sermones que he recibido en respuesta a mi reciente carta abierta a esos laureados escritores. Ni se inmuten cuando un liberal los llame intolerantes; yo doy fe de que igualmente intolerantes pueden ser ellos. Para las mismas personas fui “genio” cuando refrendé sus posturas y “bruto” cuando las cuestioné. Supongo que si bien los conservadores tienen a sus neonacionalokarios, los liberales tienen a sus ultraliberalokarios también. Pero eso no es sorprendente. Cada quien es miembro, soldado y prisionero de la tribu a la que pertenece. Y si bien quizá no me haya ganado el título de “patriota”, por lo menos el de “traidor” ya me lo habrán retirado, ¿no?

Aunque yo no tengo tribu (o eso quisiera creer; no debo ser el único mostrenco por ahí), la mayoría de mis amigos pertenecen al bando liberal. Muchos hay que son centro,  algunos conservadores, otros muy conservadores. Mis lectores son principalmente liberales o centro, y con ellos nunca hay desacuerdo; de mis pocos lectores conservadores la mayoría de las veces solo cosecho ira y pontificaciones. Como ven, por más que deje los dedos en el teclado escribiendo, el panorama es uno de calma chicha en la que ningún navío avanza. Todos ya han adoptado sus posturas y nadie quiere dar el brazo a torcer. Todos nos hemos comportado como la madre que le dice a Salomón, “córtalo por la mitad”. Vergüenza debería darnos.

La verdad es que me cansé de predicarle al coro y de alienarlos a ustedes, amigos conservadores y patriotas. Y no: no estoy siendo sarcástico. Ante unos exponía lo que ellos ya sostenían y creían, y a los otros les satirizaba y ridiculizaba sus posturas extremas  (de lo cual, debo confesar, no me arrepiento).  Estamos polarizados, cada grupo se ha retraído a sus trincheras y no existe polinización cruzada, debate, ni conversación. Ninguno quiere escuchar ni entender lo que el otro quiere decir, porque ya ambos han llegado a sus conclusiones inamovibles que no pretenden negociar. Pecan, los unos y los otros, de lo mismo de lo que se acusan. No se está construyendo nuevo conocimiento. Y hay que hacer algo. Hay que cruzar el abismo que nos divide, ponerse en el lugar del otro, salir de nuestras respectivas burbujas. A raíz de mi último escrito, que tanto ha escandalizado a mis amigos liberales, me parece que he demostrado que puedo ponerme en el lugar de ustedes, con todas sus consecuencias: ¿no creen que me he ganado por lo menos un pase de un día a su campamento? ¿No creen que merezco que me den el beneficio de la duda? ¿Que me lean con buena fe y me identifiquen como una voz que quiere lo mejor, no lo peor, para la República Dominicana?

No me malinterpreten. Mi carta a los primermunderos no fue un truco. Sostengo, mantengo y creo cada una de las ideas que allí expuse, excepto, quizá, algunas exageraciones y comentarios injustos que ya he corregido y enmendado. No me impresionan las posturas superficiales de quienes solo quieren acarciar el ego de una audiencia primermundera (que busca una fácil absolución de sus culpas y remordimientos), con discursos irreflexivos que  atizan las llamas que estamos tratando de sofocar y complican el problema que estamos tratando de resolver.

Tengamos un momento de claridad

Vivimos en una nación (eso hasta los liberales lo admiten) cuya cohesión solo funciona si le concedemos a ciertos símbolos e ideas una trascendencia… ¿mística? Un nosequé numinoso, un acuerdo pseudo mágico, tácito, de que el Todo deber ser mayor que sus Partes.

Los liberales, a su modo, creen en esto también; la discrepancia está en el grado de importancia que le dan unos y otros a los elementos que deben servir como representantes de esa cohesión nacional. Muchos liberales, por ejemplo, creen que la bandera, el escudo, la veneración de los padres de la patria, el himno nacional, la integridad territorial, el honor patrio, la defensa cultural y la soberanía debe estar supediatada a los valores cívicos, la asistencia social, la igualdad de derechos, la libertad de expresión, la primacía de la ley y los derechos humanos; algunos en el bando conservador opinan que debe ser al revés. Muchos conservadores también insisten en que uno de esos artefactos simbólicos que nos definen como nación es nuestra separación de Haití en 1844. Algunos, incluso, alegan que la raza es uno de esos factores distintivos.

Lo cual me lleva a la propuesta principal de este ensayo, primero de cinco en los que quisiera tener una conversación que nos mueva a una plataforma de mejor entendimiento sobre los temas que, a mi parecer, representan los principales escollos que nos impiden movernos hacia adelante como país y hacerle frente a los desmanes del gobierno.

Mi tesis no podría ser más simple: somos racistas.

Calma. No estoy diciendo que todos y cada uno de los dominicanos y dominicanas que viven en nuestro territorio, y en otros, sea racista. Sostengo que a nivel nacional, social y cultural tenemos serios prejuicios de raza, que implementamos prácticas discriminatorias contra los cuerpos negros de muchos de nuestros ciudadanos, (ni hablar de los cuerpos negros de nuestros hermanos haitianos), y que nos movemos por estas estructuras sin darnos cuenta… y dándonos cuenta también. Lo cual no significa que no hayan individuos abierta y orgullosamente racistas, individuos racistas que no lo saben, y agrupaciones, comercios, y establecimientos que trazan políticas discriminatorias con abierto desparpajo.

Cuidado: tampoco es que seamos una anomalía. Racistas son Cuba y Curazao, Puerto Rico, Aruba, Martinica, Haití, Virgen Gorda… Donde quiera que pongamos el pie en el Caribe, encontraremos alguna de las tipologías del racismo. Ese es, tristemente, el legado de nuestro pasado colonial.

Pero como no vivimos ni en Aruba, ni en Curazao, Puerto Rico, Cuba, ni en ninguno de esos otros lugares, sino en República Dominicana, enfoquémonos en nuestro racismo. No lo neguemos, ni lo disfracemos, ni le busquemos la vuelta. Lo primero que debe hacer el alcohólico para empezar su camino hacia la recuperación es aceptar que tiene un problema. Aceptemos el nuestro con valentía. Convirtámonos en el epicentro caribeño de la sanación.

No hay manera de negar que nuestro racismo no se parece al que se practica en algunas otras partes del mundo desarrollado; concedo el punto de manera preliminar. Parézcase o no, racismo es, y como racismo hay que discutirlo. Dejando a un lado comparaciones que no vienen al caso, observemos que nuestro racismo aflora en la preferencia, incrustada a nivel psíquico, de todo lo blanco, y la negación y repulsión instintiva de todo lo negro. Ni siquiera la palabra podemos pronunciar, y cuando la pronunciamos bajamos la voz.

No quiero perder el tiempo refutando los consabidos y manidos contrargumentos que circulan cual moneda sucia y desbaratada: que es imposible que seamos racistas porque tenemos el negro detrás de la oreja; que no podemos ser racistas porque peleamos contra los españoles en la Guerra de la Restauración; que no podemos ser racistas porque el problema es económico; que no podemos ser racistas porque las mujeres llaman “mi negro” a sus maridos aunque sean blancos… No podemos ser racistas, no podemos ser racistas, no podemos ser racistas… y sin embargo lo somos. Tenemos que salir de esta fase de la negación; si no lo hacemos, seguiremos alimentando este “racismo sin racistas” que han mencionado Junot Díaz en alguna ocasión.

Tampoco usaré estas líneas para convencer a nadie valiéndome de argumentos, y muchos que hay. Que nos identificamos a nivel oficial con el legado español y menospreciamos el africano, igual o más definitorio e importante; que hemos construido los complicadísimos y profundísimos conceptos de “pelo malo” y “pelo bueno”; que reiteradamente escuchamos el testimonio de Dominicanos y Haitianos discriminados por su color cuando intentan entrar en ciertos establecimientos; la frase “de buena presencia” para describir a la persona ideal que se busca para un empleo; que existen frases ubicuas como “mejorar la raza”, “eso es para blancos”, y hasta ese famoso consuelo que le dan amigos y familiares a la recién parida: “No te preocupes, que él aclara”… Evidencia de esta ni de ninguna otra índole es capaz de penetrar la mente que se niega a entender.

Pero quizá podamos hacer algo a nivel más intuitivo, más visceral, más difícil de negar. Lo que sí ayudaría es que me acompañaran en un experimento de pensamiento.

Un amanecer… diferente*

Te levantas por la mañana, te bebes el café que trae tu muchacha de servicio haitiana, si la tienes, lees el periódico. Noticias y más noticias sobre como los haitianos están quedándose con el país, Marino Zapete, Huchi Lora, Juan Bolívar Díaz fichados abundantemente como traidores a la patria por la osadía que muestran defendiendo los derechos de los dominicanos descendientes de haitianos. Te parece correcta la sentencia del Tribunal Constitucional, o por lo menos haces un esfuerzo sobrehumano para desactivar tu capacidad racional y econtrártela “lógica”. Te montas en tu carro. Sales.

En la calle, el panorama de siempre. El frutero haitiano en la esquina te vende una mano de guineos. En una construcción cercana, una escuadra de constructores haitianos afana. En el semáforo, una pandillita de cuatro o cinco niñas haitianas se acerca a tu carro a pedir dinero. Las ignoras y avanzas. ¡Qué lata!

Parqueas el carro y caminas hacia tu trabajo. Te cruzas con tres mujeres haitianas que balancean en sus cabezas palanganas con ropa, fideos, pinches para el cabello, shampoo, que venderán en el mercadito de la esquina.

Te enervan estas presencias que comparten contigo la ciudad, y te has convencido de que la razón es su indigencia porque, por supuesto, tú no eres racista… ¿cómo vas a ser racista si eres “morenito”, blanco de la tierra? Piensas que lo mejor sería que se fueran todos para su país. Eso es lo que deberían hacer. Son distintos, piensas, hablan otro idioma, tienen otras costumbres, otros conceptos de la higiene personal, por ponerlo de modo elegante…

Llegas a tu casa después de un largo día de trabajo y te acuestas a dormir. Pero durante la noche, un aguacero de rayos cósmicos cae sobre la República Dominicana y la anega con su misteriosa carga de subpartículas.

Y cuando amanece, todos los haitianos en el territorio de La Hispaniola son blancos, rubios y de ojos verdes o azules.

Cuénteme, ¿qué pasaría? Sean honestos. De hecho, no importa si son deshonestos y responden que no pasaría nada, porque ya imagino yo lo que les ha sucedido en su interior: han entendido.

La muchacha de servicio que te sirve el café ahora es una adolescente blanca y rubia. ¿Nada pasa? Obviamente hay una sorpresa inicial pero, digamos, a la semana, ¿nada pasa? ¿Seguiría limpiándote los inodoros y  haciéndote las camas? Debería, porque ella es la muchacha de servicio. Pero…

El frutero haitiano que las muchachas ignoran cuando pasan por la esquina, ¿sería igualmente ignorado ahora que es un trasunto de Channing Tatum?

¿Y todos esos varones blancos que trabajan en la construcción cercana, con esas miradas verdes y músculos torneados bajo una capa de piel alba? ¿Querríamos que se fueran para su país?

¿Niños y niñas rubios y blancos pidiendo en los semáforos, vestidos con harapos y con las caras sucias? Ni un minuto y medio transcurriría antes de que docenas de almas caritativas se estacionen a preguntarles que qué te pasó mi hija, pero dónde está tu mamá, ay no puede ser, imposible, ven móntate, te vas para la casa conmigo ahora mismo, mira esa ropa, y ese cabello, pero cómo puede ser posible, cuánta irresponsabilidad… ¿No? Y ya que estamos hablando de niños, cuéntenme a ver: las adopciones de bebés ariohaitianos, ¿disminuiría, se quedaría igual, o aumentaría?

¿Empleos que requieran buena presencia? Que le digan adiós a esas vacantes todas las dominicanas trigueñas, indias, indias lavadas, indias cepilladas, indias perfiladas, indias achinadas, indias pasadas por agua, indiecitas, morenas y negras, porque ariohaitiana que se presente al puesto (esa rubia, fea o linda, ¿qué importa?, con ese acentico exótico, afrancesado, que tiene cuando habla el español) se lo lleva. Igual todos esos varones que parecen venir como del cielo que pintan los testigos de Jeová en su Atalaya. ¿O me equivoco?

La frontera, evidentemente, habría que abrirla. Pero no para que vengan a República Dominicana los nuevos ariohaitianos, sino para que pueda pasar la rankatrulla de dominicanos y dominicanas que quieren visitar, de pronto, espontáneamente, ese hermoso país que tenemos justo ahí mismo. ¿Oportunidades de negocio? Por pipás. ¿Romance y sankypanqueo? ¡Uff! Eso sí: los dominicanos tendríamos que abrirnos paso a codazos entre esa otra rankatrulla que se aprieta contra los portones, la que vendría de Europa, de Estados Unidos y del resto del Caribe. ¡Francia súbitamente recuerda que allí se habla francés! El pasado colonial nos une, dicen, por favor olvidemos todo ese terrible episodio de las plantaciones y la esclavitud y Boukman. Agua debajo del puente.

Nuestro políticos ahora lucen preocupadísimos, porque la inversión extranjera se mueve hacia Haití, no hacia República Dominicana, en donde seguimos siendo negros, indios, jabados, morenos y blancos de la tierra, por más que nos consideremos blancos en toda regla, o por lo menos no negros. ¿Qué hacen? ¿Cómo contrarrestar la catástrofe? ¿Aministía total de todos los indocumentados? ¿Incentivos a la inmigración? Por ahí andaría la cosa. ¿O no?

Necesariamente tengo que abordar el tema de género en este cuadro hipotético; si no, no estaría completo.

¿Rubias y rubios económicamente vulnerables y sin papeles? Como pescar en río revuelto. Me pregunto cuántas tareas de parqueo se necesitarían construir para acomodar los vehículos de lujo, Toyotitas, conchos, motoconchos y triciclos que de pronto abarrotarían los bateyes, propiedad de jóvenes y viejos dominicanos de buena cepa (de todos los colores y estamentos sociales) que llegan a rescatar alguna rubita con quien casarse, sacarle rápidamente los papeles (¡oh, ironía) y “mejorar la raza”… ¿Cien? ¿Doscientas tareas? No sé, pero se vaciarían los bateyes. ¿Estás de acuerdo? Hey, quizá me equivoco. ¡Pensémoslo!

¿Rubitas adolescentes en falditas baratas, bien apretadas, y una blusa sin sostén balanceando sobre sus cabezas un cambumbo de aguacates? Cuando eran negras, eran parte de un paisaje que te sacaba de las casillas, ¿pero ahora? Casi casi estoy viendo el reperpero, accidentes, y enfrentamientos que se armarían en el cruce del 22. ¿Puedes verlo tú también? ¿O crees que seguirían de largo como si nada, incluso, semanas, meses después de que haya pasado la novedad?

En los hospitales las ariohaitianas pariéndole muchachos a dominicanos ya no son el problema. El problema es la horda de dominicanas embarazadas de sus rubios maridos, gestando muchachos de ojos azules en sus vientres (símbolo de estatus entre los sectores más vulnerables de cualquier país caribeño). Algunos dirán: “No. Eso no pasaría. Porque por más blancos que sean, seguirían siendo haitianos, con otras costumbres, otra cultura y otro idioma”. Pero eso habría que ir a explicárselo a todos esos europeos blancos, monolingües e insolventes que fundan pueblos con la progenie que dejan en las provincias costeras y no tan costeras. ¿O no?

Nuestras organizadísimas trabajadoras sexuales también se verían afectadas. Pregunto: las recién transformadas trabajadoras sexuales ariohaitianas, ¿cambiarían su tarifa o no? Y si la cambian, ¿por qué la cambian?

Y por último, amigos y amigas conservadores y patriotas (pero también liberales y centro) que militan bajo el estandarte de “No somos racistas”: considerando este escenario hipotético que propongo, ¿seguirían apoyando la Sentencia TC/0168/13 todos los que hoy la apoyan?

Colofón

Sé que corro el riego de enajenar a mis nuevos amigos conservadores y perderlos de nuevo; espero que no. Sé que incluso podría perder los pocos lectores liberales que me quedan; una pena. Por fortuna mi ejercicio intelectual no es un concurso de popularidad; no soy un escritor complaciente, y eso me parece fácilmente demostrable. Si las ideas que expongo son tan irritantes que los extremos (y no tan extremos) de ambos bandos se encrespan, eso me confirma que he ubicado un justo medio, utilizando ideas del uno y del otro. Y esto es a lo que debemos aspirar, no a prevalecer victoriosos los “nazis” sobre los “traidores” o viceversa. El proverbial horno no está para esos absurdos pastelitos. Aquí TODOS somos dominicanos. Sé que estoy llegando a un tipo de lector tan mostrenco como yo.

Cuando la verdad entra en una cabeza, no vuelve a salir. Yo espero que el examen de conciencia que los he invitado a llevar a cabo nos ayude a identificar esa terrible debilidad de carácter que permea nuestra sociedad (y a otras también, sí, pero nos ocupa la nuestra) y empecemos a trabajar para superarla. Algunos, no todos, se resistirán y dirán que mis escenarios son una quimera, que negros o blancos, los haitianos seguirían siendo anatema porque no somos racistas… pero incluso ellos deben irse a dormir por la noche y, en el sueño, el cerebro todo lo considera y todo lo sopesa y cuando no puede justificar una contorsión a la razón, le da banda. Los escépticos deben dejar pasar un día antes de comentar en mi muro.

Mis esperanzas están puestas en que esta perspectiva, aunque fantástica, nos sirva para colocarnos en el umbral psíquico apropiado a la hora de considerar lo que le está haciendo nuestro gobierno a miles de dominicanos de ascendencia haitiana, urgido por una caprichosa interpretación de la ley realizada por nuestro engreído y criminoso Tribunal Constitucional… delante de nuestras propias narices. Una cosa es regularizar, y otra desnacionalizar; es nuestro deber empezar a preguntarnos, responsablemente, por qué no queremos distinguir la diferencia.

Posdata: Divertido experimento que puedes hacer en tu propia casa con tus amigos

Realicen esta encuesta: explíquenles a sus participantes que ustedes se preparan para colocar niños negros en un semáforo durante una hora. Vestidos como se visten los niños de la calle. Y que luego colocarán niños de las mismas edades, vestidos igual, pero blancos y rubios. Finalicen diciendo que categorizarán los resultados de cada grupo de niños de la siguiente manera: a) Pasó algo y b) No pasó nada. Y entonces pregunten: ¿Cuál de los dos resultados ganaría? ¿A, o B?

Yo sospecho que todos sabemos que ganaría a) Pasó algo. Es una corazonada. Sin embargo, conflictos de orden personal podrían afectar los resultados. Apostar por A no es patriótico. Nadie quiere admitir que es racista, y menos que su país lo es, con lo cual muchos respondientes elegirían b) No pasó nada.

De modo que, antes del experimento, pongan dos urnas etiquetadas A y B, correspondientes a cada resultado, en la que las personas pueden depositar un sobre con dinero, apostando a que ese será el resultado ganador. El pool de las dos urnas se repartirá entre los apostantes de la categoría ganadora, y solo pueden apostar por una. ¿Cuál urna se llenaría más? Es decir, a la hora de que entre en juego la posibilidad de ganar o perder dinero (y no una simple discusión, tu dignidad, o tu fe patriótica), ¿qué elegirían los dominicanos y dominicanas?

Averígualo.

 

 

*Fragmento del cuento “Un amanecer diferente”, Copyright © By Pedro Cabiya 2015 y adaptado para el cine como “Blanc”, Copyright © By Heart of Gold Films 2015