La toma de apertura nos muestra una playa iluminada por la luna llena. Oímos un jadeo ansioso, pero no vemos todavía de dónde proviene ni quién o quiénes lo producen. Pasamos a una serie de cortes que sirven el propósito de seccionar los distintos elementos del paisaje nocturno: el mar es un plato; las débiles olas lamen la arena de la playa y se retiran otra vez dejando una delgada película de espuma; la suave brisa mece un reburujo de negras frondas; el manglar burbujea con las efervescencias de su actividad biológica. Estos cortes se suceden al tiempo que los jadeos ya se han definido mejor; sabemos ahora que hay dos personas, una mujer y un hombre, que intercalan sus respiraciones con suspiros y gemidos apasionados. Después de esta serie de imágenes cortamos directamente a una pareja que se besa y se manosea sobre una colcha tendida sobre la arena en lo más profundo del bosque, a la orilla del manglar. Una lamparita de gas Coleman ilumina la escena. La mujer es una trigueña poderosísima. El tipo también está bueno, con músculos y cuadritos, pero ningún Hulk de mal gusto. Ella está vestida con una faldita estampada a juego con un tank-top fuscia de Marianne. Él tiene unos cargo pants y una guayabera marca Rusty. Ella se retuerce en sus brazos y lo besa, agarrándole las nalgas y apretándole el morrocollo, que está paradísimo. Él le acaricia las tetas, grandes y sabrosas, con dulce intensidad, y también le calza las nalgas, que ya ustedes se pueden imaginar cómo las tendría. La cámara se demora sobre los amantes, captándolos desde varios ángulos. Sobre la colcha hay una neverita, en la arena hay dos botellas de cerveza vacías y un wine cooler por la mitad.

La mujer se está desesperando y quiere quitarle la camisa al tipo. El tipo quiere seguir tocándola, pero hace una pausa para sacarse la prenda. Con un agudo sentido del quid pro quo, el hombre le alza el tank-top a la mujer. Ella capta al vuelo su intención y se quita la camiseta, liberando un par de senos plúmbeos. El hombre, ni corto ni perezoso, se los lleva a la boca. Ambos están arrodillados sobre la manta, uno frente al otro. El hombre tiene que encorvarse un poco para alcanzar el tetamen, de modo que decide sentarse y atraer a la mujer hacia sí, para que se le encarame encima. Ella entiende lo que el hombre quiere, pero la falda es estrecha y le impide enhorquetar las piernas alrededor del hombre. Así que se la quita y se queda en pantis. Se la quita lentamente, para enardecer al tipo, suavemente y muy despacio la desliza y podemos ver los muslos amazónicos, el majestuoso nalgatorio aderezado con un ajustado panti negro. La mujer avanza hacia el hombre, se le sienta encima y le aprieta los flancos con los muslos. Así las tetas de la mujer le dan por la cara y puede amamantarlo sin dificultades.

Él le manosea las nalgas y ella se remenea sobre la verga del hombre, que está a punto de perforarle los mahones. Gimen y suspiran. No cabe duda de que la mujer está lista para pasar a otra cosa. La mujer se levanta. Otra vez quedan arrodillados uno frente al otro. Se besan, se agarran. Entonces la mujer de súbito deja de besar al tipo y lo aparta con una mano. Él obedece y retrocede un poco. La cámara vuelve ahora sobre ella, casi desnuda, en pantis: la toma favorece los grandes senos, la cintura mínima, los muslos hermosos. La mujer mira al hombre, le sonríe mordiéndose el labio inferior, entornando los ojos. Mete los pulgares por los elásticos del panti. Cortamos a una toma que nos la muestra de espaldas, un close-up de sus nalgas, el lente está en el suelo; más allá, en segundo plano, arrodillado, embelesado, está el hombre. Los pulgares de la mujer todavía sostienen los elásticos del panti, por el lado de las caderas. Ni muy rápidamente, ni muy lentamente, la mujer pela para abajo. Durante un tiempo máximo de tres segundos, nada más, mantenemos esa toma: un primer plano de las nalgas de la mujer, y segundo plano de la cara de estupefacción del hombre. Inmediatamente después cortamos a una panorámica semi cenital de la playa, parecida a la que abre toda la secuencia. Del follaje levantan vuelo innumerables aves que se sumergen en la noche. Oimos el estruendoso aleteo, los chillidos, el pánico. Pasamos a una serie de cortes que reiteran la misma idea; el éxodo de las aves vista desde el interior del bosque; la silueta negra de pájaros y murciélagos perfilándose contra el blanco disco de la luna; una nube de pájaros enloquecidos levantándose del litoral, en una toma aérea.

Del follaje levantan vuelo innumerables aves que se sumergen en la noche. Oimos el estruendoso aleteo, los chillidos, el pánico.
De ahí cortamos a una de las bocas del mangle, donde cientos de cangrejos huyen hacia el mar. La cámara construye varias escenas en las que podemos ver la carrera de los crustáceos, cómo luchan y pasan unos por encima de los otros. La siguiente toma nos enseña a cientos de careyes que recién emergen de la arena y reptan animosos hacia el tibio mar. Nos seguimos alejando, y vemos en el mar un par de ballenas que saltan y también huyen, disparando sus chorros. Cortamos a un primer plano del hombre que se cubre la cara con un brazo, como ante una amenaza, y lentamente la retira, mirando de reojo hacia delante. Pasamos otra vez al corte que nos muestra las nalgas de la mujer en primer plano, y al hombre en segundo. La diferencia es que ahora la mujer se ha quitado los pantis y se los muestra al tipo, colgados de un dedo y en lento vaivén. El hombre va recuperando la compostura y mira con gula el maravilloso toto de la mujer, oculto por el ángulo de la composición. La mujer lanza los panties a un lado y empieza a recostarse. La cámara no ha cambiado de posición, sino que retrocede con la misma lentitud con que la mujer se va echando de espaldas. En segundo plano, el hombre, que ha estado arrodillado todo este tiempo, avanza torpemente de rodillas, pero luego se pone en cuatro y se aproxima a la mujer, que ya está de espaldas, recostada sobre sus codos, las piernas flexionadas y abiertas.

Pasamos a un primer plano de la cara del hombre que se ha arrastrado hasta ponerse entre las rodillas de la mujer. Vemos que mira hacia abajo, luego mira a la mujer, sonríe, vuelve a mirar hacia abajo, a la vorágine rosada que lo llama, y desciende sin mucha prisa, desapareciendo del marco de la cámara al tiempo que besa y mordisquea el interior de los muslos de la mujer, que gime complacida. Un corte súbito y un ¡splash! a todo volumen nos mueven a la próxima escena, en la cual vemos la cara del hombre aparecer gradualmente, a medida que despejan el cuadro y ascienden miles de plateadas burbujas. El hombre está bajo un agua cristalina, límpida, iluminada tenuemente por los rayos de la luna llena. Cortamos a una panorámica que nos muestra al hombre de cuerpo entero, todavía con los mahones puestos, nadando en la inmensidad del mar.

La cámara está ahora detrás del hombre, lo sigue en su inmersión. El hombre nada y al principio está solo en medio del agua transparente. Un cardumen de colirrubias le cruza por delante y los peces se dispersan asustados. El hombre sigue nadando. Se le acerca con un desplazamiento parejo un enorme pez cofre, y el hombre lo deja atrás. Ahora un pez guanábana lo inspecciona, pero el sobresalto que le ocasiona ver al nadador detona su mecanismo de defensa y se hincha como un globo, erizándosele la espinosa coraza. El hombre sigue nadando y el mar se puebla de inquilinos desvelados: rémoras huérfanas, mantarrayas que planean, escuelas de calamares que parecen torpedos, todo alumbrado por el resplandor blancuzco de la luna llena. El hombre nada y frente a él aparece un arrecife de coral, un colorido bazaar donde se apelotonan los predadores nocturnos. Un pulpo gigantesco le cierra el paso, pero el hombre lo esquiva y sigue nadando. A su lado se desliza una morena acompañada por un congrio, deseosas de saber qué quiere y hacia dónde va el hombre, pero al final se aburren y se van. El arrecife parece una fiesta. Las anémonas y los gusanos tubulares aportan sus efectos de luz. Una langosta le dice adiós con el pedipalpo, y el hombre nada y nada, hasta alcanzar una parte del arrecife que se abre en un gran arco. Los promontorios y oquedades han sido colonizadas por erizos de todos los colores, y se asoman a espiar su paso los cotorros, los peces payaso, los meros ingentes que se dejan acariciar por los turistas. El hombre sigue nadando y descubre el galeón que todos los caribeños llevamos naufragado en la sangre, y en cuya proa puede leerse todavía su nombre de pila: Sambumbia. En cubierta danza una media docena de fantasmas sinvergüenzas y españoles, con otra media docena de africanos y africanas liberados de sus cadenas por la fuerza incomparable y transformadora de la muerte. El hombre nada y cruza el arco y deja el arrecife atrás y sigue nadando, ahora mar adentro.

El hombre sigue nadando y descubre el galeón que todos los caribeños llevamos naufragado en la sangre…
Ya no está tan claro como antes. La débil luz de la luna no puede penetrar tan profundo, y llega el momento en que el hombre empieza a nadar en la más cerrada tiniebla. A un costado el hombre siente la presencia de un animal inconmensurable, pero no puede verlo, hasta que el ojo de la gran ballena jorobada que nada a su lado le hace un guiño, y él entiende que no le hará mal, que le está dando ánimos. El hombre sigue nadando, sigue nadando, sigue nadando durante un buen rato sin que ninguna otra bestia marina lo importune. Pero entonces empiezan a distinguirse las primeras bioluminiscencias de los peces abisales. El hombre sigue nadando y ve a los monstruos de grandes bocas y dientes cristalinos alumbrados por una luz interior, pescando menos afortunados salpiches por medio de sus carnadas fosforescentes.

El hombre se siente al límite de sus fuerzas, necesita aire, pero sigue nadando, arriesgando la vida. Se interna en la oscuridad de los abismos del abismo, donde moriría aplastada la fauna abisal si cometieran el error de bajar más de lo que ya ha bajado. El hombre sigue nadando, y cree distinguir una lucecita, allá, lejos, en el fondo de la oscuridad. Es un bulbo luminoso que rutila. El hombre sigue nadando, pero no sabe cuánto más podrá resistir. La lucecita está aún distante. El hombre sigue nadando y la lucecita empieza a definirse mejor. No es una sola lucecita, sino tres esferas de luz que, al estar tan lejos, parecen una, de la misma manera que algunas de las estrellas que vemos en el cielo no son una sola estrella, sino dos, o cuatro o una galaxia, pero están tan ridículamente lejos, que solo vemos un puntito que parpadea con su luz absurda.

El hombre se acerca cada vez más; las tres esferas luminosas siguen adquiriendo mejor definición, y ya no son tres esferas de luz, sino muchas, incontables burbujas encendidas de diferentes tamaños que forman una estructura gelatinosa. El hombre sigue nadando, sigue nadando y ante sus ojos se despliega una enceguecedora metrópolis submarina hecha de burbujas engrudadas entre sí, repletas de una jalea prístina que no es simple agua de mar, sino otra cosa, encapsuladas todas dentro de una burbuja más grande. La ciudad flota sobre un vacío infinito y negro, y su base, lo que la mantiene a flote, son miles y miles de racimos tentaculares, cilios que se mueven y se enroscan serpentinamente. Se trata de una medusa de proporciones inimaginables dentro de la cual bulle, ahora lo puede ver el hombre, que sigue nadando, el tráfico de una ciudad extraña. Extraños son sus vehículos, extrañas sus vías públicas, sus centros comerciales, los artículos a la venta, sus polícias y sus políticos, sus parques y sus monumentos conmemorativos de grandes hazañas de próceres. El hombre sigue nadando y entonces puede distinguir a los peatones y habitantes de esta magnífica ciudad, extraños seres pisciformes, ovóideos, humanoides, extraños pero hermosos, los seres más hermosos que jamás haya visto ni vería el hombre en toda su vida.

El hombre nada sobre las túrgidas cúpulas, y los transeúntes lo observan maravillados… pero cuando se acerca y atraviesa fácilmente las membranas de la primera borbolla, la maravilla se transforma en consternación, y la consternación en pánico y estampida cuando el hombre penetra una de las ampollas interiores. Todos huyen, todos se encierran en sus casas, las fuerzas del orden temen hacerle frente al monstruo volador. El hombre sigue nadando, está al borde de la inconsciencia. Justo en ese momento, sin embargo, descubre que hay una sola ventana abierta en lo más alto de un rascacielos, y que en la ventana abierta una persona le hace señas. El hombre, que no ha parado de nadar, corrige su rumbo en dirección de la ventana, y en poco tiempo puede ver que es una mujer la que le hace señas, una hembra de la raza de bellos moluscos cuya civilización prospera en perfecta simbiosis dentro de las entrañas de un gigantesco celentéreo. El hombre sigue nadando. La mujer está feliz y gesticula para que se dé prisa. El hombre va a desfallecer muy pronto, pero sigue nadando, ya está delante de la mujer, que es una criatura de una hermosura fuera de este mundo. El hombre alarga los brazos para tocarla, y ella también. Se toman de las manos y ella le dice: “Con tu llegada se cumplen las viejas profecías. Te he esperado toda la vida. Te has tardado más de lo que yo pensaba, pero lo importante es que has llegado, sano y salvo, a cumplir con tu deber. Hoy, con un beso tuyo, seré liberada”. Sus rostros se acercan, los labios se tocan. Se besan con las bocas abiertas. El hombre abre los ojos a más no poder, porque inunda sus pulmones una descarga de humores y glicerinas provenientes de la boca de la mujer pez. Del fragoroso beso, que está a punto de convertirse en un beso de muerte, emanan burbujas y luz, y un alarido ensordecedor.

El hombre abre los ojos a más no poder, porque inunda sus pulmones una descarga de humores y glicerinas provenientes de la boca de la mujer pez.
La luz que emana del beso inunda el marco; este es un efecto que se añade después, en postproducción. El alarido no cesa, y pasamos del marco en blanco a un fade in que nos muestra a la primera mujer, en el bosque, con la boca abierta, de donde sale el alarido de placer que hemos estado oyendo, pues ha alcanzado el orgasmo. Cortamos a un primer plano de las rodillas separadas de la mujer, de donde surge de repente el hombre, completamente entripado, mojado hasta el tuétano, llenándose los pulmones de aire, tosiendo, escupiendo agua tragada. La mujer sigue gritando, pero poco a poco se va calmando.

El hombre, entre convulsiones menores, se aparta de la mujer, arrastrándose en dirección opuesta, hasta recostarse contra el tronco de un uvero de playa. Hacemos un corte a la mujer que sonríe, borracha de placer, y mira al hombre. Cortamos al hombre que le devuelve la mirada, alegre. El último corte nos muestra a la pareja uno frente al otro, un par de siluetas que se unen en un beso, perfiladas contra la vegetación del litoral.

FADE OUT.

 

Este cuento pertenece al libro Pornografía Borikwá (Copyright © por Pedro Cabiya 2012), disponible al público lector el 14 de febrero de 2013.